Una travesía de más de 810 kilómetros en patinete, sin electricidad y con un límite económico de 100 euros, lleva a dos jóvenes vascos a documentar una experiencia única entre San Sebastián y París, evidenciando una nueva manera de recorrer Europa lejos de los esquemas tradicionales. Este reto, impulsado por Gorka Lasa, natural de Guipúzcoa, y el pamplonés Ibai Martín, pone a prueba tanto la resistencia física como la creatividad para sobrevivir en la ruta con recursos mínimos y sin contacto habitual con los servicios básicos.
El reto comenzó a principios del verano, cuando Gorka Lasa e Ibai Martín decidieron poner en marcha un proyecto que combina aventura, movilidad sostenible y cultura digital. Ambos jóvenes partieron de San Sebastián con la meta de llegar a París únicamente desplazándose en patinete manual. La filosofía del viaje fue clara desde el inicio: evitar cualquier tipo de transporte motorizado, restringir los gastos a un total de cien euros y dormir cada noche en hamacas al aire libre, llevando solo lo imprescindible en sus mochilas.
La documentación del día a día se realiza a través de vídeos subidos a redes sociales, donde su cuenta conjunta supera los 700.000 seguidores, cifra que ha crecido conforme avanza el viaje y aumenta el interés alrededor de la hazaña. La decisión de prescindir del confort básico quedó reflejada en los vídeos iniciales del reto, en los que Lasa y Martín se raparon la cabeza antes de partir, anticipando la imposibilidad de ducharse de manera regular. Un gesto simbólico que da cuenta de la dureza del desafío, que desde el comienzo planteaba periodos prolongados sin higiene convencional, dependiendo solo de fuentes públicas o zonas de playa.
El itinerario incluye tanto tramos urbanos como rurales, eludiendo las autopistas y priorizando caminos secundarios, lo que incrementa el esfuerzo físico y prolonga las etapas diarias. Cada jornada implica recorrer decenas de kilómetros, abastecerse de provisiones en supermercados económicos y afrontar noches sin refugio estable, bajo condiciones meteorológicas cambiantes. En el trayecto, los jóvenes cruzan distintas localidades donde han recibido apoyo inesperado por parte de desconocidos que los han asistido para recargar baterías de los teléfonos móviles, ofrecer una comida caliente o facilitar un espacio para asearse.
La dimensión social y mediática del viaje queda patente en la repercusión de los vídeos. El primer episodio de la aventura acumuló 3,7 millones de reproducciones solo en Instagram durante la primera semana. A medida que avanzan, los seguidores no solo consumen contenido, sino que activamente participan enviando rutas alternativas, consejos de supervivencia y mensajes de ánimo. El intercambio constante con la audiencia convirtió el viaje en un fenómeno colaborativo, donde la comunidad digital apoya y da sentido al relato cotidiano de Lasa y Martín.
Entre los objetivos declarados por ambos destaca la intención de visibilizar la cultura del patinete, reivindicando su valor como medio de transporte funcional y vehículo de expresión personal. En uno de sus mensajes más compartidos, los jóvenes afirman que “para mucha gente el patinete sigue siendo un juguete, un trozo de metal para críos”, pero insisten en que, para sus usuarios habituales, representa un estilo de vida y una alternativa de movilidad que merece respeto.
Control Visual e Inspección del Vehículo de Movilidad Personal, CONVIVE, es el nombre que propone AECA-ITV para la realización del control periódico de los patinetes eléctricos. En las últimas etapas del trayecto, Gorka Lasa e Ibai Martín consiguieron avanzar hasta la localidad de Sanguinet, ya en el entorno de Burdeos, gracias también a la solidaridad de los habitantes y la conexión generada a través de las redes. Allí recibieron ayuda para descansar tras una jornada afectada por la lluvia, otro ejemplo de cómo la interacción social marca hitos importantes durante el viaje.
El avance hacia la capital francesa continúa, mientras los seguidores permanecen expectantes de cada actualización publicada. La meta de llegar a París después de treinta días solo impulsados por su esfuerzo y creatividad, sin asistentes motorizados y sin más presupuesto que el pactado al inicio, reafirma que nuevas formas de aventura y comunicación son posibles y encuentran un público atento dispuesto a respaldar los desafíos colectivos.