El agua retrocede lentamente. Entre el silencio del valle y el murmullo del río Ter, una silueta de piedra aparece como un susurro del siglo XI. Sant Romà de Sau emerge otra vez: su campanario, sus muros de sillería, su arco de medio punto intacto. Miles de personas ya han acudido al embalse de Sau este verano, algunos con cámaras, otros en silencio, todos con la mirada fija en lo que el clima ha devuelto: una iglesia sumergida desde 1962.
El templo que el embalse no pudo borrar
La iglesia de Sant Romà de Sau no desapareció. Solo se calló. En 1962, con la inauguración del embalse de Sau, el pueblo de Sau —incluida su iglesia románica— fue evacuado y parcialmente desmantelado. Pero la estructura principal resistió. No se derrumbó. No se desmoronó. Se sumergió. Y allí permaneció, bajo hasta 30 metros de agua, durante más de seis décadas.
Su reaparición no es casual. Responde a una sequía extrema que ha reducido el nivel del embalse a menos del 22 % de su capacidad. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico confirma que es el nivel más bajo desde 2008. El agua se retiró lo suficiente para que el ábside, el presbiterio y gran parte de la nave central volvieran a respirar aire.
Una construcción que desafía el tiempo y la política
El origen de una desaparición forzada
Sant Romà fue consagrada en 1061, en pleno apogeo del románico catalán. Su arquitectura refleja la sobriedad y la fuerza de la época: muros gruesos, ventanas estrechas, bóveda de cañón. En 1959, el Gobierno de Franco aprobó la construcción del embalse para abastecer Barcelona y regar la comarca. El pueblo de Sau fue desalojado. Las familias recibieron compensaciones mínimas. Algunas piedras de la iglesia fueron trasladadas a la nueva iglesia de Sant Romà de Sau, en el pueblo reubicado. Pero el templo original se quedó. Sumergido. Olvidado por las autoridades, pero nunca por los vecinos.
El silencio administrativo y la memoria colectiva
Durante años, el acceso al templo emergido estuvo prohibido. La Confederación Hidrográfica del Ebro, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica, lo consideraba zona de riesgo. No había pasarelas, ni señalización, ni vigilancia. Solo curiosos, fotógrafos y vecinos que volvían a su tierra bajo el agua. En 2023, tras presión vecinal y movilizaciones locales, se autorizó un acceso controlado durante tres semanas. Este año, la reaparición es más prolongada y más visible. Pero sigue sin haber un plan integral de conservación.
El dilema entre patrimonio y recurso hídrico
La reaparición de Sant Romà no es solo un fenómeno natural. Es un espejo de la crisis hídrica española. El embalse de Sau forma parte de la cuenca del Ter, una de las más afectadas por la sequía. Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), la cuenca acumula un déficit del 47 % en precipitaciones anuales respecto a la media 1991–2020. El nivel del embalse ha caído 18 metros desde enero de 2026.
Mientras tanto, el templo se expone a la erosión del viento, la humedad residual y el tacto de miles de visitantes. No hay restauración en marcha. Tampoco un estudio técnico actualizado sobre su estado estructural. El Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya (ICGC) realizó un escaneo láser en 2021, pero sus resultados no han sido publicados ni integrados en un plan de salvaguarda.
Claves del asunto
- La iglesia de Sant Romà de Sau fue sumergida en 1962, tras la construcción del embalse de Sau en la provincia de Barcelona.
- Su reaparición actual responde a un nivel de embalse inferior al 22 %, el más bajo desde 2008.
- Está protegida como Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1992, pero carece de un plan de conservación activo.
- El acceso está regulado por la Confederación Hidrográfica del Ebro, aunque sin infraestructura de seguridad ni señalización patrimonial.
- Vecinos y asociaciones como Amics de Sau exigen su inclusión en el Plan Nacional de Patrimonio Subacuático, aún en borrador.
La historia de Sant Romà no es solo la de una iglesia bajo el agua. Es la de una memoria que se resiste a ser ahogada. Es la de una comunidad que sigue reclamando no solo ver su templo, sino protegerlo. Y es también la de un país que, frente a la sequía, descubre —una y otra vez— que el pasado no se hunde: solo espera el momento justo para volver a la superficie.
