Un niño de siete años, con fiebre alta y hemorragias nasales, es trasladado en una camilla de madera por un camino de tierra en la provincia de Ituri. Su padre camina a su lado, sin guantes, con las manos manchadas de sangre seca. Es uno de los 1.033 muertos que ya ha dejado el brote de ébola en la República Democrática del Congo, según el último boletín oficial del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), actualizado al 21 de julio de 2026.
El brote, declarado oficialmente el 15 de mayo, se ha expandido a cinco provincias del este del país: Ituri, Nord-Kivu, Sud-Kivu, Maniema y Tanganyika. No hay fronteras que lo contengan: los desplazamientos forzados, la escasez de centros de salud y la desconfianza hacia las brigadas médicas alimentan la transmisión continua.
La cepa Bundibugyo no tiene vacuna ni tratamiento autorizado
A diferencia de brotes anteriores causados por la cepa Zaire —contra la cual existen vacunas como Ervebo—, esta epidemia está impulsada por la cepa Bundibugyo, mucho menos estudiada y sin vacuna autorizada ni tratamiento específico aprobado. Los equipos médicos trabajan con soporte sintomático: hidratación, control de fiebre, manejo de hemorragias. Pero sin antivirales dirigidos, la letalidad se dispara.
La tasa de mortalidad actual es del 40,7 %, una cifra que supera el promedio histórico del 50 % solo gracias a la respuesta temprana de algunas ONG locales. Sin embargo, el sistema sanitario congoleño opera al 32 % de su capacidad funcional en zonas afectadas, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recogidos en junio.
738 pacientes siguen en aislamiento o hospitalización
Mientras tanto, 738 personas permanecen en centros de tratamiento o aislamiento comunitario. Otros 506 pacientes han logrado recuperarse, un dato que refleja una resistencia biológica y social: muchas comunidades han adoptado prácticas de aislamiento familiar y desinfección con lejía, impulsadas por líderes locales y redes de mujeres comunitarias.
Pero la infraestructura sigue siendo el talón de Aquiles. En la localidad de Mambasa, en Ituri, el único centro de tratamiento cuenta con 42 camas y tres médicos. Allí, los pacientes esperan hasta 48 horas para ser evaluados. En algunos casos, los familiares los llevan en motocicletas durante más de 100 kilómetros, sin saber si el contacto prolongado los convierte ya en nuevos focos de infección.
El brote se propaga en medio de inestabilidad armada
Contexto humanitario crítico
La región afectada coincide con zonas de intensa actividad armada: más de 120 grupos armados operan en el este de la RDC. En los últimos tres meses, 27 ataques han interrumpido operaciones de rastreo de contactos y distribución de kits de protección. El 12 de julio, un convoy de Médicos Sin Fronteras fue desviado por milicianos en la carretera entre Bunia y Komanda. No hubo heridos, pero se perdieron 36 horas de trabajo epidemiológico.
La OMS ha declarado el brote como una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII) desde el 10 de julio, pero la financiación sigue rezagada: solo el 38 % de los 82 millones de dólares solicitados por la estrategia de respuesta regional ha sido comprometido.
La respuesta internacional se enfrenta a barreras culturales y logísticas
Antecedentes de desconfianza
Este no es el primer brote en la región. Entre 2018 y 2020, el brote de ébola en Nord-Kivu dejó más de 2.200 muertos y generó una profunda desconfianza hacia las autoridades sanitarias. Rumores sobre la inyección de virus, la sustracción de órganos o la instrumentalización política de los equipos médicos persisten. En aldeas como Wani Rukara, los líderes espirituales han prohibido la entrada de equipos de rastreo.
La estrategia actual incluye mediadores comunitarios —en su mayoría mujeres de más de 50 años— que visitan hogares con kits de información en lingala y swahili. También se han adaptado protocolos: los equipos de entierro seguro ahora incluyen rituales locales de despedida, con autorización previa de los ancianos.
Claves del asunto
- El brote de ébola en la RDC ha causado 1.033 muertos y 2.536 casos confirmados, con una tasa de letalidad del 40,7 %.
- La cepa Bundibugyo no tiene vacuna ni tratamiento autorizado por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) ni la FDA.
- Cinco provincias están afectadas, y la transmisión sigue activa sin signos de desaceleración.
- La respuesta se ve obstaculizada por la inseguridad armada, la falta de infraestructura sanitaria y la desconfianza comunitaria.
- La OMS declaró el brote como emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII) el 10 de julio de 2026.
