La luz del salón se enciende sola a las 2:17 a.m. El termostato baja cinco grados sin tocarlo. El comedero del gato emite una notificación: ‘Alimento dispensado’ —aunque nadie lo programó. Encarni Iglesias lo recuerda con voz firme: «Ella no entendía por qué su ex sabía cuándo entraba al baño, cuándo salía de casa, incluso cuándo dejaba de respirar profundamente».
La tecnología ya no es solo un aliado: es un cómplice silencioso
En julio de 2026, 7 mujeres fueron asesinadas por violencia de género en España, tres de ellas en un solo día. Mientras los equipos de emergencia responden a llamadas urgentes, otros crímenes se gestan en tiempo real, sin rastro físico: a través de cámaras integradas en altavoces, sensores de apertura en puertas inteligentes o aplicaciones de control remoto de electrodomésticos.
El fenómeno no es nuevo, pero sí más sofisticado. Desde 2018, la Asociación Stop Violencia Digital ha registrado un aumento del 340 % en denuncias vinculadas a vigilancia tecnológica doméstica. No se trata de hackers externos: el 92 % de los casos implican a parejas o exparejas con acceso previo a contraseñas, cuentas en la nube o configuraciones del hogar conectado.
El gaslighting se actualiza con firmware
¿Qué es el abuso tecnológico en el hogar inteligente?
No requiere malware ni conocimientos avanzados. Basta con compartir una cuenta de Google Home, instalar una app de control de nevera o dejar activada la función de ‘ubicación compartida’ en un teléfono. El maltratador no necesita estar presente: desde un café en Lavapiés puede saber si su ex ha abierto la puerta del dormitorio, ha subido la calefacción o ha alimentado al gato.
Un estudio de la Universidad de Lancaster (2026) identificó que el 68 % de las víctimas primero experimentan «síntomas de desconfianza crónica»: dudan de su memoria, de su percepción del tiempo, de si realmente apagaron la luz. Eso es gaslighting tecnológico: la manipulación se vuelve invisible, pero su efecto es tangible. La víctima empieza a desconectar dispositivos, a tapar cámaras con cinta, a apagar el Wi-Fi cada noche —y aun así, el control persiste.
Los dispositivos más usados como herramientas de vigilancia
Desde el comedero del gato hasta el termostato
Los electrodomésticos inteligentes no están diseñados para ser seguros por defecto. Muchos carecen de autenticación de dos factores, guardan historiales de uso en servidores externos y permiten el acceso remoto sin notificación explícita. Un televisor con micrófono integrado puede grabar conversaciones. Una cámara de seguridad en el pasillo puede activarse a distancia. Hasta una pulsera de actividad —usada supuestamente para monitorear salud— ha sido usada para rastrear patrones de sueño y detectar momentos de ansiedad o llanto.
En 2025, la Fiscalía Especializada en Violencia sobre la Mujer abrió 142 investigaciones por uso indebido de dispositivos IoT, un 41 % más que en 2024. Solo el 12 % de esos casos terminó en condena: la principal barrera es la dificultad para acreditar el acceso no autorizado cuando el agresor tenía permiso previo para usar los mismos dispositivos.
El marco legal aún no alcanza la velocidad de la tecnología
Falta de regulación específica y brechas en la protección
La Ley Orgánica 1/2015, de Protección Integral contra la Violencia de Género, no menciona explícitamente los dispositivos IoT. Tampoco la Ley de Protección de Datos (LOPDGDD) contempla el uso malicioso de sistemas domésticos compartidos. El vacío legal permite que los jueces deban recurrir a figuras genéricas: allanamiento de morada digital, descubrimiento y revelación de secretos o delitos contra la intimidad.
Sin embargo, probar que una nevera inteligente fue usada para vigilar movimientos requiere peritajes técnicos costosos y tiempos de respuesta que superan los 45 días —más del doble del plazo medio de re-victimización tras una denuncia.
Claves del asunto
- 7 mujeres asesinadas por violencia de género en julio de 2026, tres en 24 horas, con creciente uso de tecnología doméstica para el control.
- El 92 % de los casos de vigilancia tecnológica involucran a parejas o exparejas con acceso legítimo previo a los dispositivos.
- La Fiscalía Especializada abrió 142 investigaciones en 2025, pero solo el 12 % concluyó en condena por dificultades probatorias.
- No existe una figura legal específica que tipifique el mal uso de dispositivos IoT en contextos de maltrato, lo que obliga a recurrir a delitos genéricos.
- El gaslighting tecnológico genera desconfianza crónica: el 68 % de las víctimas primero dudan de su propia percepción antes de identificar el patrón de vigilancia.
La tecnología no es neutra. Es un espejo de las intenciones humanas. Y cuando es usada para aislar, asustar y desestabilizar, deja huellas invisibles —pero profundas— en la psique de quien vive bajo su mirada constante.
