La puerta de la sede de Valentia en Huesca se abre a las 8:45 de la mañana. Natalia Suárez, de 29 años y con Síndrome de Down, entra con su mochila azul, saluda con una sonrisa a la recepcionista y se dirige al aula de habilidades sociales. Detrás de esa rutina cotidiana hay una gestión rigurosa, una planificación anual de 127 plazas residenciales y 89 programas de inclusión laboral —datos que Sara Comenge revisa cada lunes antes de las 9:00.
Una ingeniera al frente de una entidad con alma
Sara Comenge no llegó a Valentia por vocación tradicional del sector social. Ingeniera industrial, con experiencia en consultorías de procesos en sectores energéticos y logísticos, su incorporación en 2012 fue, según ella, “fruto de la casualidad”. Pero esa casualidad se convirtió en decisión estratégica: hace cuatro años asumió la gerencia, convirtiéndose en la primera profesional con perfil técnico-gestionario al frente de la entidad oscense.
Su llegada no supuso una ruptura, sino una evolución. Mantuvo el eje ético de Valentia, fundada en 1984 por familias de personas con discapacidad intelectual, pero incorporó metodologías de mejora continua, indicadores de calidad certificados bajo la norma UNE-EN ISO 9001, y un sistema de evaluación de impacto social validado por la Universidad de Zaragoza.
El equilibrio entre excelencia y humanidad
El tercer sector enfrenta una paradoja: debe gestionar con rigor presupuestario y transparencia, pero sin perder la calidez que define su razón de ser. Comenge lo resuelve con un doble eje: por un lado, alianzas con 42 empresas locales para prácticas laborales; por otro, la formación continua de 68 profesionales —el 92 % con titulación específica en atención a la discapacidad.
En 2025, Valentia gestionó 3,2 millones de euros en fondos públicos y privados. El 87 % se destinó directamente a servicios: viviendas tuteladas, talleres ocupacionales y acompañamiento familiar. El 13 % restante cubrió costes de gestión, un porcentaje inferior al 15 % exigido por la Ley 27/2013 de Régimen Jurídico del Sector Público para entidades colaboradoras.
Contexto normativo y desafíos actuales
La Ley 8/2021 de Servicios Sociales de Aragón, vigente desde enero de 2022, exige a entidades como Valentia certificar sus procesos, rendir cuentas ante el Consejo Aragonés de Servicios Sociales y garantizar la participación real de las personas usuarias en la toma de decisiones. Comenge impulsó el primer Consejo de Vida Autónoma, integrado por 14 personas con discapacidad intelectual, que ya ha modificado tres protocolos internos —entre ellos, el de horarios flexibles y el de comunicación accesible.
La mirada de quienes viven el día a día
Natalia Suárez no solo participa en talleres de cocina y teatro. Desde 2024 forma parte del equipo de evaluación de accesibilidad de los espacios comunes. “Antes no me preguntaban cómo me sentía en el salón. Ahora sí. Y si algo no me gusta, lo decimos y lo cambian”, afirma, mientras ajusta su pulsera de identificación con pictogramas.
Esa transformación no es anecdótica. En 2025, el 74 % de las personas atendidas por Valentia reportaron una mejora en su percepción de autonomía, según la encuesta anual del Instituto Aragonés de Servicios Sociales. Además, el índice de inserción laboral sostenida superó el 61 %, frente al 44 % de la media nacional según el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Claves del asunto
- Sara Comenge lidera Valentia desde 2022 con un modelo híbrido: gestión técnica + enfoque centrado en la persona.
- La entidad atiende a 217 personas con discapacidad intelectual en Huesca y provincia, bajo la supervisión de la Diputación General de Aragón.
- El 100 % de sus programas cumplen con los estándares de la Ley 8/2021 de Servicios Sociales de Aragón.
- Cada año, Valentia publica su Memoria Social con indicadores verificables, accesible en braille, lengua de signos y lectura fácil.
Más allá de los números: la dignidad como indicador
Para Comenge, la excelencia no se mide solo en euros o porcentajes. “Cuando Natalia elige su ropa sin ayuda, cuando firma su contrato de prácticas o cuando reclama un cambio en la cafetería, estamos cumpliendo nuestro objetivo. Eso no entra en una hoja de cálculo, pero es lo que da sentido a todo”, dice frente al mural de fotos del aula de arte, donde una obra de Natalia lleva la firma en mayúsculas: YO PUEDO.
El reto sigue: reducir la brecha de empleo, ampliar la red de viviendas inclusivas y consolidar el modelo de co-gestión con las familias y las personas usuarias. Pero ya hay un dato claro: en Valentia, la gestión no es un medio. Es un acto de justicia cotidiana.
