Un soldado de la Fuerza Aérea estadounidense en la base de Ramstein, Alemania, recibe una notificación en su tablet: su cita para la primera prueba anual de testosterona está programada para la próxima semana. No es un chequeo médico voluntario. Es una orden del Departamento de Defensa de Estados Unidos, aplicable desde julio de 2026 a más de 1,3 millones de efectivos activos mayores de 30 años, incluidas mujeres y personal transgénero.
La medida, anunciada por el secretario Pete Hegseth, no busca diagnosticar enfermedades raras. Apunta a optimizar el rendimiento físico y cognitivo mediante la detección de niveles considerados «subóptimos» —aunque estén dentro del rango clínico normal— y ofrecer tratamientos de reemplazo hormonal opcional, pero fuertemente incentivados.
Las pruebas son obligatorias, el tratamiento es opcional… pero no neutral
El protocolo exige análisis sanguíneos anuales a partir de los 30 años. No se aplica a reclutas ni a personal menor de edad. Los resultados se vinculan directamente a los informes de aptitud física y a los procesos de evaluación de desempeño. Aunque el Departamento de Defensa insiste en que el tratamiento hormonal es «voluntario», fuentes internas del Pentágono confirman que los militares con niveles por debajo del umbral establecido —fijado en 250 ng/dL para hombres y 15 ng/dL para mujeres— reciben automáticamente una derivación a unidades especializadas de endocrinología militar.
En la práctica, rechazar el tratamiento puede afectar la calificación en evaluaciones de resistencia, agilidad y toma de decisiones bajo estrés. Un informe interno del Centro de Medicina de Combate de San Antonio, filtrado en junio, señala que «los niveles bajos de testosterona correlacionan con un 18 % menos de tiempo de reacción en simulacros de combate nocturno».
Hegseth vincula la hormona al «estándar masculino» de las Fuerzas Armadas
El secretario Pete Hegseth ha vinculado explícitamente esta política a su agenda de «restauración de la excelencia física y moral». En un discurso ante oficiales en Guantánamo el 12 de julio, afirmó: «No podemos permitir que la debilidad hormonal socave la fortaleza de la nación. El estándar más alto no es una opción: es una obligación».
Esta frase ha generado críticas de la Asociación Médica Estadounidense (AMA) y del Colegio Estadounidense de Endocrinología, que advierten que la testosterona no es un «potenciador universal» y que su administración innecesaria incrementa el riesgo de apoplejía, infarto y alteraciones del sueño. La AMA ha emitido una declaración formal exigiendo una revisión ética urgente del programa.
Antecedentes: una política en línea con otras medidas controvertidas
El programa de testosterona no es aislado. Forma parte de un paquete de reformas impulsadas por Hegseth desde su nombramiento en enero de 2025. Entre ellas figuran: la restricción del acceso de periodistas al Pentágono, la suspensión temporal de ascensos de mujeres a puestos de general de tres estrellas, y la eliminación de protocolos de atención médica inclusiva para personal transgénero en instalaciones militares.
La ciencia no respalda la generalización del tratamiento
Los niveles de testosterona varían naturalmente según la edad, el sueño, la dieta y el estrés. Un estudio de la Universidad de Duke, publicado en JAMA Internal Medicine, concluyó que solo el 4,2 % de los hombres mayores de 30 años presenta una deficiencia clínicamente significativa —no el 37 % que el Departamento de Defensa proyecta detectar bajo sus nuevos umbrales.
Más grave aún: la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) no ha aprobado el uso de testosterona para «optimización del rendimiento» en personas sanas. Su autorización se limita a casos diagnosticados de hipogonadismo, una condición rara que afecta al 0,5 % de la población masculina.
Marco legal y derechos fundamentales en juego
La medida choca con el Título 10 del Código de los Estados Unidos, que exige que las políticas de salud militar se basen en evidencia científica y respeten la autonomía del paciente. También genera dudas sobre su compatibilidad con la Ley de Derechos Civiles de 1964, tras denuncias de que los umbrales de corte favorecen a hombres jóvenes y penalizan a mujeres y a personal mayor, sin justificación fisiológica sólida.
Los militares enfrentan una disyuntiva entre salud y carrera
En bases como Fort Bragg y Naval Station Norfolk, ya circulan testimonios anónimos de soldados que aceptaron el tratamiento por presión implícita. «Me dijeron que mi puntuación en el test de resistencia bajó un 12 % en seis meses. Que si no me trataba, no me considerarían para la promoción», relata un sargento de infantería de 34 años, bajo condición de anonimato.
La Asociación de Veteranos Unidos ha anunciado una demanda colectiva para frenar la implementación, argumentando que el programa viola el derecho a la integridad corporal y a la toma informada de decisiones médicas.
Claves del asunto
- El Departamento de Defensa de Estados Unidos impone pruebas anuales de testosterona a más de 1,3 millones de militares mayores de 30 años.
- El umbral de «deficiencia» se fijó en 250 ng/dL para hombres y 15 ng/dL para mujeres, muy por debajo de los estándares médicos internacionales.
- Aunque el tratamiento es técnicamente opcional, su rechazo puede afectar evaluaciones de desempeño y ascensos.
- La AMA y la FDA han cuestionado la base científica y la seguridad del programa, que carece de respaldo clínico para uso en población sana.
